De vez en cuando hablo con mi misma. No son conversaciones largas ni interesantes, pero suelo hacerlo. A veces nos peleamos. Por ejemplo, ayer:
-Debes irte a la clase de yoga.
-No tengo ganas.
-Mira, llevas casi dos meses sin practicar. ¡Vaya!
-Tranquila, tranquila. Ya me voy ¿vale?

Perdí el debate y fui a la clase anoche. Cuando llegué a la puerta del estudio, estaba tan contenta que la voz en mi cabeza me convenció. Estudio un estilo de yoga que se llama “ashtanga” y las clases duran casi dos horas. Los instructores suben la calefacción mientras practicamos para que nos quedemos mojados con sudor.

Durante la primera hora, me acostumbre al ritmo de mis respiraciones y disfrute del ejercicio. Pero después de una hora y media, ya estaba muy cansada. En ese momento, el instructor nos dirigió para que hiciéramos el pino. Me odio esta postura porque tengo tanto miedo de caerme. Otra vez, el dialogo interno empezó:
-Por lo menos, debes intentar hacer el pino.
-¡Qué no! Prefiero morirme que hacerlo.
-Vamos… una vez… hazlo para mi.
-Vale, vale. Déjame en paz.

Intenté hacerlo varias veces, pero mis pies nunca llegaron a la pared. Habían otros estudiantes que subieron sin problema, pero decidí que no era el día para hacer el pino. Tal vez la voz interior me indiquería el momento apropiado para intentar de nuevo.

Al fin y acabo, no hay nada mejor que el yoga para enfocarte y quitar el estrés del día.